Montevideo – apuntes de viaje

Las hermanas del Plata

Como para compensar casi toda una vida de desconocimiento, en diciembre volvimos a  cruzar el charco (o sea, el Rio de la Plata) con destino a Montevideo.

Al recorrer las calles montevideanas tuve varios déjà vu. Es que la ciudad tiene tanto en común con Buenos Aires que me costaba distinguir en qué orilla estaba. La arquitectura es similar (¿existirá un estilo llamado rioplatense?), así como las vidrieras de los negocios, los paraísos formando un túnel verdes. Los grafitis que deslucen los frentes y las obras de arte urbano también están presentes aquí.

ESta es la calle de nuestro hotel. Podria ser de cualquire barrio porteño

ESta es la calle de nuestro hotel. Podria ser de cualquire barrio porteño

Poco a poco las sutiles diferencias se hacen notar. El transito es mucho más tranquilo, sin embotellamientos ni bocinazos enloquecedores. ¡Los conductores dan paso a los peatones en las esquinas! La gente es más amable y relajada, sin las neurosis típicas de las grandes ciudades. Me imagino que así debe haber sido Buenos Aires en alguna vida anterior.

Nos sentamos a tomar algo en La Pasiva, una institución montevideana, situada en la peatonal Sarandí. A la derecha teníamos el Cabildo y a la izquierda, la Catedral.  Los nombres de algunas calles contribuyen a esa sensación de familiaridad: 25 de Mayo, Juncal, Bartolomé Mitre, Juncal. Aquí también existe la intersección de Cerrito y Juncal, o de Bartolomé Mitre y 25 de Mayo. Es como entrar a una dimensión desconocida donde todo es diferente pero igual a la vez.

Allí sentados, me puse a observar a la gente que paseaba, que salía de la oficina y se sentaba a disfrutar el happy hour, a los grupitos celebrando fin de año anticipadamente (era 26 de diciembre), a los que caminaban sin prisa con el mate en una mano y el termo bajo el brazo.

Charlando y mateando

Charlando y mateando

Hotel y cholulaje (yo)

Nos alojamos en el hotel boutique Esplendor Montevideo (Soriano 868). El edificio antiguo es muy lindo con sus pisos de mármol, molduras en los techos y amplios pasillo, testigo de una época que no volverá. Me sorprendió que no hubiera secador de pelo en el baño. En Recepción me dijeron que tenían dos y estaban prestados en ese momento.

El desayuno está incluido en la tarifa y se sirve en el último piso, en un salón muy luminoso con vistas de 360 grados de la ciudad –más bien, de techos y terrazas. La primera mañana fue un caos porque faltó personal y la única pobre chica que fue a trabajar no daba abasto a limpiar las mesas y reponer las bandejas con comida. Paciencia, estamos de vacaciones. En eso Sean levanta la vista de su café y pone cara de “¿¡y eso!?” me doy vuelta y veo a un señor relativamente mayor con una pashmina al cuello y pelo fucsia estridente. ¡Era Carlos Perciavalle!  Le  expliqué quién era y ahí le cerró el look. Carlitos se sumó a las protestas por la falta de desayuno pero con educación y buenos modales. Al día siguiente me animé a sacarme una foto con él. Tiene un trato cálido, amable y profesional, nada de divismo e histeriqueos. Como el edificio, es ejemplo de tiempos que no volverán.

Mi amigo Carlos

Mi amigo Carlos

Você fala português?

El idioma dominante en el hotel y puntos turísticos era el portugués. Hordas de nuestros vecinos luso-parlantes descendieron sobre Uruguay. La mayoría ni se inmutaba cuando aparecía Perciavalle pero era comiquísimo ver la expresión de asombro de los pocos americanos al verlo (gente conservadora y pacata si las hay).

No veo un choto

El Mercado del Puerto es el polo gastronómico más grande del país, según reza el cartel de la entrada. El edificio es del año 1868 y su estructura de hierro es al estilo de las estaciones de Retiro y Constitución. La especialidad es la parrilla y hay varias donde uno puede acomodarse en la barra. Nosotros cominos en un restaurant que está afuera, Las Martas. De entrada pedimos provolone (así le llaman a la provoleta), chorizo (muy rico, especialmente mezclado con el provolone), y morcilla dulce (50 y 50 de aceptación). Nos llamó la atención un ítem del menú llamado choto. Ninguna de las acepciones que yo conozco se aplica a algo comestible. El mozo se mostraba reticente en su explicación, resulta que no quería asustarnos. Es tripa asada. No nos asustamos y pedimos uno para probar. Al final, entre una cosa y otro no lo trajo y ya no teníamos más hambre. Nos quedamos con las ganas de probar un choto. ¿Excusa para volver?

Vista de Ciudad Vieja con el puerto al fondo

Vista de Ciudad Vieja con el puerto al fondo

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12 Respuestas a “Montevideo – apuntes de viaje

  1. Fui a Montevideo hace mil años, solo por un día, y siempre digo que tengo que volver. Quiero ir durante un fin de semana para ir a la feria Tristán Narvaja, que debe ser genial!
    Quiero ver más fotos 🙂

    Beso!

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  2. jajaja Ana!…lo del choto no lo sabía! jajaja, pero en el resto, tanto en tus impresiones sobre la hermandad porteña-montevideana como en la calidad humana del/la montevideano/a promedio, coincidimos en un 100%. La primer vez que pisé Montevideo -hace ya unos 13 años- sentí eso mismo, la sensación de estar pisando Buenos Aires en lo mejor de su vida pasada, y es que sí, esas dos ciudades se fueron haciendo paralelamente y lo mejor de la primera se transformó en gran parte de la esencia de la otra, sumando esa particular calidez uruguaya que impregna el aire, las calles y las cosas. Creo que sí, definitivamente hay un estilo rioplatense que incluye el pasado edilicio. No nos olvidemos que la aristocracia porteña siempre gustó cruzar el charco para pasar sus veranos en la otra orilla, invirtiendo en ostentación y comodidades, haciendo que Montevideo y aledaños se transforme en lo que ellos consideraron un especie de espejo de su gran ciudad, a su vez, reflejo de su admirada Europa.
    El viejo Mercado del Puerto merece un capítulo aparte. Creo que allí la esencia -otra vez me nace esa palabra- uruguaya aflora en cada adoquín, en cada ladrillo, en cada reja. Recorrer esas callecitas tranquilas (ahora mejor conservadas) es un regalo que uno no se puede dejar de dar. Otro imprescindible -que espero no hayas dejado de darte- es tomar un “medio y medio” acodada en alguno de los barcitos del interior del Mercado!. Otro recuerdo montevideano entrañable para preservar en el corazón y la memoria.
    Ains!…espero en uno días estar otra vez caminando por allí…gracias por el adelanto!
    =)

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    • Siempre hubo un lazo muy fuerte entre las dos, acordate que muchos se han exiliado en Montevideo desde la epoca de Rosas por lo menos. Y los arquitectos tambien iban y venian.
      Efectivemante, probamos un medio y medio, que rico! Salud!
      Que tengas unas lindas vacaciones 🙂

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  3. Que lindo!! No conozco Montevideo! Pero que lindo lo que contas!
    Lo de que llevan el mate a todos lados ya lo tenía visto de cuando estuve en otras partes de Uruguay..
    beso

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